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Los 50


Nunca le di importancia a los cumpleaños, empezando por los míos, pero resulta inevitable, para mí al menos, cuando una década me cae encima con todo su peso, el tratar de contestarme aquello que te preguntan siempre los amigos ese día: ¿Y? cómo te sentís con -- años?


Y ahora, con los 50 recién estrenados, me parece interesante analizar esta evolución, si la hubiese, claro, en aquellos sentires que brotan como musgo de las marcas en la pared, de aquellas líneas que vengo trazando, atando de a diez los palotes, en la prisión de piel.


A los 20 quise ser dueño de mi vida; a los 30, dueño del mundo; a los 40, dueño de mí mismo; pero ahora tengo casi la certeza de que en realidad, nadie es en verdad dueño de nada, ni de nadie.


Los títulos de propiedad de bienes y personas, son algo así como el papel higiénico que la Diosa Vida cuelga en su baño celestial, y mientras nosotros hacemos planes, el Creador se divierte en grande. Quizás sea ese el sentido: divertirlo con nuestras piruetas en este jardín que nos regaló, de puro interesado? o aburrido. ¿Estaremos apareciendo en su televisor?. No, no puedo creerlo, pero si algo es cierto, es que la fatalidad acecha, y que todo cambia? absolutamente todo.


No somos dueños de nada, y somos parte del TODO. Si algo tenemos, es un infinitésimo lugar en el TODO, pero tengo la sensación de que podemos elegir adonde ir acomodándonos en el infinito. Un proverbio árabe dice que el Cielo y el Infierno no son lugares, actitudes.


Como en aquella primitiva brújula casera, somos como esa aguja sobre el corcho que se desliza por el agua en dirección al Gran Imán. La dirección la marca la intensidad en nuestra polaridad: Luz/Oscuridad; Positividad/Negatividad; y el corcho que nos sostiene a flote? ¿Podría compararse con el Conocimiento?.


Cuanto más pura es la aguja, cuanto más armónica en su integridad; entonces se orienta y dirige más rápido hacia ese Gran Imán, el origen de la Emanación.


Somos un proceso, y ese proceso puede ser de purificación, y así nos deslizamos dentro del TODO, vibrando en sintonía (o al contrario, o más o menos) con la fuente de Emanación. ¿O acaso es concebible a esta altura, ilusionarse con un Dios Padre, que nos vigila desde allá arriba para premiarnos y castigarnos según lo que hagamos con nuestro albedrío?


A medida que nos limpiamos de conflictos, rencores y frustraciones, de esos verdaderos ruidos e interferencias en la radiación, nos vamos ubicando en un lugar más placentero dentro del TODO, no hace falta esperar a morirse para disfrutar los resultados. Son evidentes, como el dial de una vieja radio, cuando por fin sintoniza con la estación. Por otra parte? ¡Qué irritante resulta caer fuera de la sintonía!


Todos hemos visto los esfuerzos de un pájaro para salir por una ventana que está a medio abrir. Da vueltas, se golpea contra las paredes. La ventana está abierta, pero en su desesperación no la encuentra. Le bastaría guiarse por la Luz para salir a la libertad que tanto ansía. A nosotros nos basta la meditación. Mientras no logremos la paz interior, la sintonía, estamos sufriendo, como ese pájaro.


Las décadas no cambian nuestros deseos, que siempre han sido Amor, Salud y Dinero, pero sí vamos cambiando el orden en nuestra escala de valores. A medida que nos nutrimos de experiencias, vamos descubriendo, a veces tarde, que no vale la pena ni malgastar la salud ni sacrificar el amor corriendo por el dinero; que el amor sin salud es una tragedia; que la vida sin amor es un deprimente sinsentido, y que el Amor es, precisamente la frecuencia que sintoniza con la Luz, que todo lo ilumina.


Puede haber gente que no nos corresponda en el amor, en el dar, pero el TODO está siempre listo para retribuirnos, eternamente, porque es cuestión de energía, de vibración, de radiación, en donde la Correspondencia y el Efecto que sigue a la Causa, son Leyes Universales, indiscutibles e ineluctables. No esperemos que nos correspondan aquellos que están en medio de la desesperación, golpeándose la cabeza contra las paredes, como aquel pájaro que quiere escapar de aquel lugar en donde antes quiso entrar. A ellos, ayudémoslos, sin esperar otra cosa que la satisfacción de haber podido ayudar a alguien.


Y, más allá de la razón, porque esta la usamos solo como artificio para justificar (ante nosotros y los demás) todo lo que hacemos con el corazón; el rumbo se encuentra encontrándonos, y para ello debemos sincerarnos de adentro hacia fuera. No resulta para nada fácil, pero si no reconocemos nuestra enfermedad, difícil que nos podamos curar. ¿Cómo vamos a quitarnos la mancha de la frente si no la vemos, sino no es mediante el espejo, o un amigo que se atreve a avisarnos, porque se atreve a amarnos?


Y claro que amar requiere de coraje, sí, porque implica un riesgo, como todo aquello que vale la pena. Pero no intentarlo es peor: Es el riesgo de la decepción, contra la certeza de la decepción.


Y el riesgo resulta emocionante? ¿No es así?


Hasta aquí llegan mis conclusiones de lo aprendido en medio siglo de escuela, así que hoy hago claudicar a mi intelecto, para dedicarme? para tratar de entregarme al corazón. El corazón con el que me atrevo a escribir estas obviedades en la pizarra del aula, para luego arrojárselo a ustedes, mis amigos, a modo de un afectuoso tizazo, de incorregible colegial.



Escrito por: Alejandro Racedo ?El loco?



El Placer Como Camino Espiritual




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