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La herida

Cuando pasamos por las experiencias dolorosas de la vida, automáticamente tratamos de no sentir el dolor. Lo hemos hecho desde la infancia. Aislamos el dolor físico retirando nuestra conciencia de la parte del cuerpo dolorida. Combatimos la angustia mental y emocional tensando los músculos y encerrándola en nuestro inconsciente. Para lograr mantenerla allí, creamos todo tipo de distracciones: nos mantenemos muy ocupados haciéndonos adictos al trabajo, o nos metemos en el paraíso de la televisión o de la computadora. Muchos nos hacemos adictos a las drogas, al tabaco, al chocolate o al alcohol. Otros se vuelven adictos al perfeccionismo, a ser los mejores o los peores. Proyectamos nuestros problemas sobre los demás y nos preocupamos por ellos en lugar de resolver nuestros propios conflictos.

Cuando detenemos la experiencia negativa del dolor interrumpiendo el flujo de energía que lo contiene, también detenemos la experiencia positiva que está asociada. Quizá no seamos conscientes de este proceso porque, para cuando hemos alcanzado la edad de la razón, lo hacemos habitualmente. Cercamos nuestras heridas. Al cercar nuestras heridas, bloqueamos también la conexión con nuestro centro o núcleo interno, y así bloqueamos nuestra creatividad.

El dolor que hemos reprimido empezó muy temprano en nuestra infancia, muchas veces antes incluso del nacimiento, en el seno materno. Desde esa temprana infancia en que interrumpimos el flujo de energía en un episodio de dolor, congelamos ese evento tanto en su dimensión energética como temporal. Es lo que denominamos un bloqueo en el campo aural, que está cercando nuestra herida original.

El dolor se origina cuando tomamos la creencia de que cada uno de nosotros es un ente separado: separado de los demás y separado de Dios. Esta creencia en la separación se experimenta como miedo, del que surgen todas las demás emociones negativas.



Extraído de Hágase la Luz de Bárbara Ann Brennan, Editorial Nueva Era.




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